Apenas llegué del trabajo, Luna ya andaba dando vueltas en la puerta: traducción libre, “ya po, vamos”. La tarde daba para una caminata corta nomás, así que salimos a dar una vuelta por las plazas de la villa, a su ritmo y sin apuro.
A mitad de paseo Luna empezó con las señales de que necesitaba hacer sus cosas. Y ahí me di cuenta: habíamos salido sin las bolsitas. Así que la vuelta a casa fue puro trote —ella feliz de la vida apurando el paso, yo esperando llegar a tiempo— y llegamos justo, justo.
Lo mejor del día fue lo que no pasó: el perro que siempre la molesta cerca de casa no apareció por ninguna plaza. Sin ese tema dando vueltas, Luna anduvo suelta, olfateando todo y chocha de la vida.
Una vuelta cortita y media a las corridas, pero de esas que igual te dejan contento.